Un artista con mayúsculas. Un genio. Un filósofo del toreo. El maestro Luis Francisco Esplá (Alicante, 1957) sienta cátedra cada vez que se expresa, que comparte sus opiniones y sus conocimientos. Posee una capacidad de análisis digna de admiración y es por ello que el empresario Simón Casas ha querido contar con él en su proyecto de gestión de la plaza de toros de Las Ventas, cuyo pliego de condiciones verá la luz mañana.
Desde la tranquilidad del campo, donde vive desde que se retiró hace dos años tras más de tres décadas en activo, el matador alicantino ha concedido a HOY una entrevista vía telefónica.
«El taurino tiene que hacer un esfuerzo para reconvertir las estructuras internas del negocio»
«Vivimos en una sociedad que ha establecido con los animales relaciones de humanización»
-Maestro, ¿cómo está?
-Más que bien.
-Está inmerso en el proyecto de Simón Casas para gestionar Las Ventas. Usted impulsará el maridaje entre cultura y tauromaquia.
-Sí, esas fueron mis condiciones cuando Simón me propuso entrar en el grupo. Yo quería estar apartado del negocio. Él me dijo que tenía pensada para mí una ubicación que encajaba perfectamente con mi idea de propuesta cultural, de estar más cerca del aficionado.
-Afirmó en una entrevista que las estructuras taurinas estaban viciadas, ¿lo que necesitan es ir más allá de sus propios intereses?
-Hay que ampliar claves en torno a la gestión precisamente en Madrid. En otra plaza todo esto no serviría de nada, fuera de Madrid sería una apuesta arriesgada e inútil. Madrid sirve de patrón. Si todas estas propuestas llegan a tener una puesta en escena real, trascenderá. Por eso Las Ventas no es el marco idóneo sino el único en el que pueden establecerse estas pretensiones.
-¿Es importante que todos los estamentos taurinos den un paso en pro de la fiesta?
-Sí, por ejemplo el paso a Cultura ha sido importantísimo. Puede parecer una cuestión semántica pero no lo es. En su origen podía ser una fiesta popular pero en estos momentos es una fiesta con una serie de claves muy complejas y están en comunión absoluta con cualquier disciplina artística y por eso el paso a Cultura es importante, para que el toreo sea tratado de otra forma. Creo que el taurino tiene que hacer un esfuerzo importante para reconvertir las estructuras internas del negocio. Francia es el ejemplo de que es posible.
-¿Qué pasos debería dar España?
-Hay una comisión que se está encargando de la declaración de los toros como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. Eso es un paso importante pero deben darse también en los estamentos taurinos. Al final resulta que tenemos un cliente, un aficionado, tan maravilloso que se encarga de la salud del espectáculo.
-Pero lo que no logra el aficionado es evitar el auge de los antitaurinos, cada vez más extendidos.
-Pero eso es porque vivimos en una sociedad que ha establecido relaciones de humanización con los animales. Hay cuestiones que deberían ser intocables porque tienen una repercusión económica para determinadas comunidades y además porque se ha demostrado que en los espacios naturales en los que conviven el hombre y la agricultura puede romperse el equilibrio si la situación cambia. Doñana es un ejemplo. El toreo es indispensable para el ser humano. Tiene claves que lo hacen mágico y contra artículos de fe no se pueden plantear controversias ni lógicas o razonamientos. Estamos hablando de la emoción, de las creencias y tenemos que establecer su ubicación y que nadie nos toque esa parcela.
-Pero eso es muy difícil.
-Por supuesto, pero para ello tenemos que redefinir las claves del espectáculo. Hoy preguntas qué es el toreo y ni los aficionados podrían dar una definición concreta porque a unos les interesa el toro, a otros el torero... El toreo necesita una declaración de rito y a partir de ahí una redefinición pues hay que perfilar una línea clara y concisa de lo que es el toreo y que empiece a tener la categoría, el prestigio y el lustre que debería tener.
-¿Todo eso es posible en la sociedad en la que vivimos?
-Vivimos en una sociedad hipócrita que ha humanizado la relación con los animales, que les ha dado la categoría de personas y que vive al margen del campo, dejando de lado también su relación con el ciclo vital.
-Es una sociedad 'light' en la que lo que interesa es lo que no cala, lo que no puede afectar directamente...
-Sí, es así. Ahora por ejemplo se lleva el ecologismo pero todo el mundo tira de la cadena y no pregunta donde va todo aquello. Esa es una de las claves de la hipocresía que hay, que todo el mundo está muy concienciado pero nadie quiere que atenten contra su calidad de vida. La ecología pretende racionalizar ciertos usos del planeta y, en teoría, todos somos muy ecologistas, pero a la hora de ponerlo en práctica...
-El problema es que parece que esa mentalidad 'light' también está afectando al toro y se ha buscado un animal descafeinado.
-Podríamos estar hablando una hora sobre este tema. En la historia del toreo el toro nunca ha tenido las dimensiones, la fuerza y el tamaño que tiene ahora. Eso es fruto de una selección que lo ha hecho quizás más previsible para el toreo técnico y estético. Pero no hay que equivocarse. Los mismos que añoran las condiciones del toro, en el momento que viesen un animal pequeño, moviéndose, con un toreo más imperfecto, serían los primeros en criticarlo. Somos de alguna forma víctimas del toro, del toreo y de la evolución del espectáculo, pero no hay que olvidar que el toro sigue cogiendo y haciendo más daño que nunca.
-Pero no se trata de que haya más cogidas sino de que se está perdiendo la emoción.
-Lo que sucede es que los toreros, en ese contexto de perfección que atravesamos, han hecho que desaparezcan las lagunas técnicas que eran las que conformaban la emoción. El toro estaba menos seleccionado y era menos previsible, por lo que el matador tenía que solucionar todo aquello rápidamente pues concedía una dinámica diabólica al toreo. Las grandes faenas de entonces hoy no serían del gusto de los aficionados porque están llenas de enganchones. Cuesta entender que ese toro tan pequeño pudiese levantar a la gente de los tendidos pero era porque era muy difícil dar la sensación de que el toro estaba totalmente dominado. Ahora todo va por donde quiere el torero y en el camino se ha perdido un grado de emoción tremendo. Es como si tú te tiras al mar donde hay tiburones en una jaula o te tiras sin ella. En el primer caso estarás nerviosa pero sabes que no pasa nada, mientras que en el segundo estarás en una tensión absoluta. Eso pasa a veces con las corridas de toros. Hasta que uno coge a un torero y lo desbarata.
-¿Y si la falta de emoción es una de las culpables de que cada vez haya menos jóvenes en las plazas?
-Por eso están de moda los recortadores, porque se vislumbra a la perfección la emoción. El porcentaje de éxito es del 50% mientras que en el toreo es del 95% y la emoción decae. El problema que tiene el toreo es que hoy está más sujeto a un ritmo, a una cadencia, a claves mucho más repetidas. Antes el toreo no era rítmico y la emoción se producía en determinados momentos. De ahí la magia de Pepe Luis Vázquez, por ejemplo, que en un momento determinado daba tres naturales que eran como tres rosas frescas. Evidentemente, esto contemplado desde el punto de vista del que no es taurino no engancha, y ese es el problema. Antes, cualquier chaval veía riesgo, emoción, se percibía con más intensidad. Pero hoy están tan veladas las claves que es muy difícil que impacte.
Su retirada
-¿Echa de menos estar en activo?
-No, para nada. A veces pasan meses enteros sin acordarme de que he sido torero. Estoy muy ocupado en el campo, pintando, leyendo... Creo que hay una edad en la que física y psicológicamente empiezas a percibir aquello como un enemigo y hay que evitar llegar a esa situación. Cuando he visto que podía deteriorar mi relación con el toro, he huido del espectáculo y creo que ha sido un acierto. Por eso no lo echo de menos.
-¿Le afecta la negatividad que fluye en el ambiente desde que atravesamos esta crisis?
-El hombre, como todos los seres, está lleno de energías. Estamos viviendo un momento confuso y esa confusión da como resultado que muchísima gente no canalice esas energías por falta de objetivos claros. Y, cuando no se canalizan estas energías, se invierten y se convierten en negativas. Las vocaciones son hoy en día confusas. Los objetivos se establecen en torno al dinero, y todo esto no puede traer nada bueno. Si una sociedad se mueve en claves económicas únicamente, se van perdiendo otros aspectos como la convivencia, el sentido del honor, la tolerancia o la caridad, que no tienen como objetivo el dinero. En ese sentido, creo que la sociedad está errando. Y los que nos lideran son los primeros que establecen esa línea tan confusa.
-Quizás lo que nos pasa es que no vemos claro el futuro.
-Claro, ese es el problema. Antes los jóvenes no preguntaban cómo iba a ser el futuro, se lanzaban a él con unos objetivos claros. Ahora los chavales van hacia el futuro como soldados en el desembarco de Normandía, a ver por dónde les van a tirar. Te pongo un ejemplo. Antes si decías que querías ser torero o artista era un disgusto para la familia. Te decían que eras un vago, era una tragedia, no por nada en especial, sino porque los padres veían un futuro incierto para sus hijos en estas profesiones. Hoy son los padres los que animan a los hijos a ser toreros, los que se sienten orgullosos de que quieran ser actores. El resto de las profesiones han perdido su identidad y su trascendencia ante la sociedad porque en el fondo hay una crisis de valores que viene provocada por una crisis vocacional. Lo que interesa es el consumo y tener pasta para poder consumir. Y a partir de ahí empiezan a cambiar las claves y los objetivos de tu vida, porque tu objetivo ya no es ser un buen médico, abogado o periodista, sino ganar dinero para moverte en esta sociedad donde es vital hacer ostentación del lujo. Somos una sociedad hedonista pero sin la concepción filosófica del hedonismo. Y eso es una tragedia.
Concepción del toreo
-Pero si ya es complicado cambiar la concepción del toreo, modificar la sociedad es imposible.

-Tenemos que contemplar el toreo desde una visión actual. Todo el mundo le ha dado una dirección que ahora tenemos que admitir. Hay un nuevo concepto del toreo que no puede ser leído en claves de antaño. Si apoyamos nuestra percepción de lo que ocurre en la plaza en claves de hace 30 años vamos mal. Es como querer entender un cuadro de Picasso con una visión renacentista. El hombre tiene capacidad para ir actualizándose. Lo que sucede es que todo esto provoca fluctuaciones. Después de Belmonte y Joselito hubo un desencanto absoluto porque parecía que el toreo iba a quedar sumido en puro ballet. Cuando Manolete desaparece se pensaba que iba a entrar en un estado de agonía y no fue así. Lo que le falta al toreo es la heterogeneidad que tenía hace 30 años, que se admitían todos los conceptos. Ahora estamos en una clonación del toreo y hay un vasallaje absoluto a dos modelos y eso sí que es mortal para la fiesta. No somos capaces de admitir que hay más allá, no tratamos bien a algunos toreros, como por ejemplo los que matan las corridas duras. Esos, digan lo que digan, están menospreciados, relegados en el espectáculo por el propio aficionado. Tiene que pasar algo como lo que le ha sucedido a Juan José Padilla para que se empiece a valorar y a cantar las loas de estos toreros. No debe ser necesario que suceda algo así para reconocerles su mérito. Si volvemos a esa amplitud de miras, si volvemos a enriquecer el panorama, volverá el toreo a tener otra vez el brillo que tuvo. O al menos se aproximará a él.