
VIAJE a
Miróbriga
A quince kilómetros de Ciudad Rodrigo, río Águeda abajo, en el
fabuloso yacimiento de Siega Verde, hace veinte milenios, un puñado de
cazadores-recolectores grabaron sobre la pizarra la efigie de los toros
salvajes que mataban en la vega del río. Más tarde, 500 años antes de
nuestra era, también a quince kilómetros de Ciudad Rodrigo, pero río
Águeda arriba, un monumental verraco, parecido a los de Guisando, velaba
sobre el castro vetón de Irueña, en el mismo lugar donde sigue hoy,
aunque partido en tres trozos y envuelto por la maleza.
Basta viajar por la comarca mirobrigense, para comprobar que
aquellos mismos toros siguen existiendo en la actualidad. Incluso
embisten mejor, ya sean los aldeanuevas del maestro Pedrés, los que
crían los hermanos Sánchez Herrero, los del Risco, los ybarras de
Sayalero y Carreros, los jandillas de Rafa Cruz o los santacolomas de
los herederos de Juan Mateos.
Paseando por las estrechas calles de esta ciudad cargada de
historia, uno se percata que su esencia mana de los toros del Carnaval.
Si quedaba alguna duda, tras seguir la huella dejada por Navalón en
Fuentes de Oñoro, ahondar en las andanzas de Conrado o escuchar cómo
José Ramón Cid Cebrián cuenta la leyenda de Julián Sánchez «El Charro»,
comprobamos que, a lo largo de veinte milenios, el toro ha sido el
referente obligado de cuantos han recalado en esta comarca tan taurina. ¡
Incluido el propio Duque de Wellington !.
LOS TOROS DEL RÍO ÁGUEDA
La carrera irreflexiva emprendida por las actuales figuras del
toreo en busca de un protagonismo cursi que quizás acabe emborronando
sus éxitos en los ruedos, provoca verdadera aversión en el aficionado.
“Ésta no es mi Fiesta”, dicen muchos que aún consideran que el toro –sea
del encaste que sea- sigue constituyendo el eje del espectáculo. Nunca
tragarán con esta involución que intentan imponer desde las altas
esferas... Apena ver a varias figuras del toreo comportarse como
charlatanes de la comunicación cuando, por méritos propios, valen mucho
más que todas esas cotorras. Y entristece aún más comprobar que, en vez
de trasmitirle a la sociedad los verdaderos valores que atesora la
Tauromaquia, se empeñan en reducirla a un divertimiento cualquiera. Don
Dinero siempre ha mandado mucho, sin embargo, aunque a las figuras del
toreo de antaño también les gustaba llevarse lo suyo, ninguna hubiera
hipotecado así el prestigio de la Fiesta para arañar cuatro duros extra.
Si a este problema le añadimos el generalizado y preocupante nivel de
casta existente en la cabaña brava -incluyendo las ganaderías y encastes
llamados “duros”-, entendemos que el desencanto se adueñe de la
afición. Y si ésta deja de acudir en masa, el negocio se acaba, por
muchos triunfos que cosechen las figuras, cuyo desprestigio puede
calibrarse en las taquillas.
A la hora de empezar una nueva temporada, yo mismo dudo de mi
capacidad para seguirla con la misma atención que siempre he puesto en
las anteriores. Me hastían las ferias donde, de antemano, se intuye que
el toro no asomará por toriles. Porque sin toro, bien se sabe, no hay
Fiesta. Y como no quiero amargarme la vida, paso también del circuito
amable que las figuras están construyendo poco a poco, en plazas medio
arruinadas por culpa de su egoísmo, gracias al apoyo de algunas empresas
afines, a cambio, por supuesto, del poder absoluto sobre la ética.
Visto lo visto, muchos amigos aficionados me preguntan cómo conservar la
ilusión. Y, francamente, no es sencillo. Porque, cuando se tiene mucha,
a veces, lo mejor es no acudir a la plaza con el fin de no gastarla. O
hay que ir a otros sitios en busca de alguna novedad, allá donde las
ganaderías modestas intentan sobrevivir, y donde las figuras de mañana
tal vez se están forjando, inmersas en un océano de dificultades. Esta
crisis que padecemos ahora no es la primera. No en vano, las anteriores
se resolvieron con la aparición de un nuevo torero que devolvió la
esperanza a la gente. Y lo mismo ocurrió con algún ganadero.
Pensar que todo está inventado o que el mundo se limita al que
tenemos ante nuestros ojos, es un error. Más allá del taurinismo
oficial, existe otro horizonte. A la espera de este nuevo fenómeno que
todos añoramos y que cualquier día rescatará a la Fiesta actual de su
conformismo, tenemos que sortear el temporal, disfrutando de lo bueno
que subsiste, sin desalentarnos en exceso por lo que hubo y ya no
existe. Lo pasado, pasado está, y el porvenir sólo se puede construir a
partir del presente. Esto explica las razones del viaje que hemos
emprendido por las tierras taurinas del mundo entero. En cada comarca
donde se crían toros, en cada rincón, por muy escondido que esté,
hallamos factores de esperanza gracias a la existencia de hombres
capaces de actuar con grandeza a pesar de sus penurias. Después del
viaje a la Sierra de Aracena emprendido a lo largo del opus 25, nos
acercamos ahora a la zona de Miróbriga, esa Ciudad Rodrigo que, antes de
la era cristiana, fue vetona, mora y romana. Durante muchos años,
Ciudad Rodrigo resultó famosa a nivel ganadero merced a un puñado de
personajes, a la cabeza de los cuales se encontraba El Raboso. De hecho,
este viaje a las tierras de Ciudad Rodrigo, bien podría haberse
titulado “Viaje a las tierras de Aldeanueva”, en vista de la huella
dejada por el genial Raboso, cuya trayectoria fue detallada en el opus
12, dedicado a los Pedrajas de Pedraza. Y en Pedrés, Sánchez Herrero, El
Risco, El Pilar o Pedraza de Yeltes continúa su legado.
Pero la herencia taurina más preciada dejada en tierras
mirobrigenses, la encontramos quince kilómetros más al este, río Águeda
abajo, en el fabuloso yacimiento de Siega Verde. Allí, hace veinte
milenios, un puñado de nuestros antepasados empezaron a grabar en la
pizarra la efigie de los toros que mataban en la vega del río. Gracias a
dos pinturas y una escultura de la misma época encontradas en el
suroeste francés, sabemos a ciencia cierta que, matar al toro gozaba de
tal importancia que, esas obras pueden ser, según el gran paleontólogo
André Leroi-Gouthan, el testimonio de una religión prehistórica.
Palabras mayores que explican la trascendencia que siempre ha tenido la
Fiesta taurina sobre aquellos que han visto en ella algo más que un
divertimiento. ¡Cuánto me habría gustado que en su “Tour 2014”,
anunciado a bombo y platillo, y reforzado por su “compromiso eterno con
las Bellas Artes”, El Juli hubiera previsto una etapa en Siega Verde
para impregnarse de la religiosidad de tan emblemático lugar! Quizás
allí entendería que, tanto él como sus compañeros, deben ser generosos
sacerdotes de un rito ancestral, en vez de actores egoístas de un
espectáculo moderno.
¡Cuánto me gustaría también que, gracias a esta visita, El Juli
conociera una forma de iluminación que le hiciera entender que su
destino no es otro que encarnar, de forma simbólica pero épica, la
ventura de nuestra especie, la cual, gracias a estos primeros hombres de
Siega Verde, se elevó desde la animalidad hasta la humanidad, luchando a
muerte por su supervivencia! En aquel caso, en contra del toro, un
adversario tan bravo y fiero que lo grabaron en la pizarra, para
terminar erigiendo esos totems monumentales que son los verracos. Y del
combate nació el arte. Éste es el significado más profundo de la Fiesta
taurina. El que está a punto de perderse si pensamos que la búsqueda del
arte en sí justifica todo, cuando precisamente sólo se explica por el
inevitable obstáculo a la hora de transformar la dificultad en belleza.
La suerte que conservamos es que, basta con acercarse a los toros de
Siega Verde, a orillas del río Águeda, para reencontrar este significado
medio olvidado. Y basta con cerrar los ojos y escuchar el canto del
agua sobre las piedras grabadas, para imaginar a los toros salvajes que
existían entonces en estas laderas. Y basta luego con abrirlos, y
pasearse por la comarca, río Águeda arriba, para comprobar que aquellos
mismos toros siguen existiendo hoy, y embisten aún mejor. Dicho lo cual,
este viaje a las tierras taurinas mirobrigenses se presenta como un
fabuloso vaivén entre los tiempos prehistóricos y nuestra época, sin
olvidar los momentos más duros que atravesó Ciudad Rodrigo y su
entorno, con el toro como eterno testigo.