1927. Contrastando con la euforia nacional –bondadosa Dictadura
de Primo de Rivera-, la fiesta de los toros está en pleno marasmo… La baraja
taurina ya no tiene ases, ni caballos… Satisfecha pueda estar la
Sociedad Protectora de Animales, en vista de lo mucho que hemos humanizado la
fiesta. Ya no aguardan estoicos, a la izquierda del chiquero, los dos picadores
expuestos a la furia del toro que sale como un exprés. Ya aparecen los jamelgos
protegidos por el peto, que ha de causar una tremenda revolución en el toreo. Sus
cadáveres se cubren ya, un poco farisaicamente, con la gabardina, que les hace aparentar montoncitos de arena, en los
cuales al toro se le antoja muchas veces ponerse a escarbar.
Temporalmente, hasta desparece el número sugestivo, de tanto
arraigo popular, que representan las banderillas de fuego, sustituidas por la
absurda caperuza. Hay una raya que marca desde dónde no debe pasar el picador
impetuoso, capaz de desafiar al animal en su propia salsa. Acerca de esta raya,
un conocido ensayista ha dicho, con singular gracejo, que si bien se puso a
petición de los picadores, para que no les obligasen a pasar de cierto sitio,
en función de acoso, el clamoreo de las muchedumbres, es lo cierto que son
ellos mismos los que pisan espontáneamente la raya de este divertido juego de
marro, y entonces el público les increpa, no por no ir al toro, sino por todo
lo contrario; es decir, que su sino es ser chillados siempre.
El peto ha desvirtuado la suerte de varas. El toro no puede
encornar en el asta y se desengaña antes. La violencia del choque, el no ser
amortiguada con el trágico efecto de hundir el cuerno, determina grandes caídas
de latiguillo, en tanto no se reduzca considerablemente el poderío de las
reses.
De los tres factores que definían
antes la pelea del toro ha desaparecido el último: ya no mueren caballos. Caídas
habrá cada vez menos, porque poco a poco se va girando el tornillo de precisión
que gobierna el mecanismo de ir achicando, achicando los torillos cada vez más.
La suerte de varas ha perdido importancia. El público la admite como un mal
necesario, como un pretexto para que los matadores hagan lo que se llama quite,
que más que quite es pon, por la cantidad exagerada de verónicas
de que, monótonamente, se componen. Cuando un toro, por casualidad, toma cinco
varas, el público se impacienta y grita al Presidente para despertarle,
creyendo ciertamente que dormita. En cambio, si hay interés en que el maestro
de tanda dé su nota, se obsequia al torillo con otro lanzazo, aunque le sobre.
Y el viejo ganadero, un día se
dirige a su viejo mayoral:
-Mira, Ramón: nada de varas, caídas,
etc., porque todo esto ha pasado a la historia. Dinos en el telegrama qué tal
han resultado los toros; pero, sobre todo, cómo han quedado los toreros, que,
al fin y al cabo, esto se refleja en el libro de Caja y aquello en el
historial, libro muy pesado ya de manejar en nuestros días y en el cual, te
aseguro, que muchas veces no sé qué poner.
-Cambean, cambean los tiempos…
-Un día me asegurabas que el
concepto de bravura estaba en evolución… Yo más bien creo que la bravura, la
nobleza, la suavidad, etc., son expresiones que nos cansamos de utilizar y las
tiramos por la ventana a la calle, para sustituirlas por otras expresiones
ambiguas; por ejemplo, el nervio… ¿Qué
es el nervio? Yo me atrevo a decirte que casi no lo sé. Que un toro tenga
nervio, no quiere decir, por lo visto, que sea nervioso… Mira: allá por el año
1912, aún no tenías uso de razón, vi yo lidiar a Vicente Pastor un cárdeno
claro de Pablo Romero que… ¡ese sí que era un toro nervioso! Recuerdo que en
los pocos momentos que se paraba -fue muy gazapón- toda la electricidad confluía en el morrillo -un morrillo de media vara-, que temblaba como
un inmenso flan…
-¡Aquellos eran toros! ¡Aquellos
eran morrillos!
-No te burles de un viejo; que
estás en camino de serlo algún día…; y si no, peor para ti.
-¿Se alcuerda usted del Saleroso
de Vitoria?
-¡Toma si me acuerdo! Y del Llorón de Jaén, y del Frasquito, del Pies de liebre, etc., etc. Antes, el nervio era el complemento de
la bravura.
-Hoy es el suplemento de la
mansedumbre.
-Es que “toro de nervio” llaman
ahora al que antes se calificaba de bronco. Un toro inteligente, poco claro, que se defiende, que tira cornadas, que no
pasa… ¡Otro truco actual! Cuando en la mayoría de los casos es que no se le
deja pasar,”por si las moscas”… Parece mentira que se diga eso a estas alturas,
después de haber visto cómo Belmonte y Gitanillo
de Triana, tirando de los toros materialmente, han hecho pasar a los más
aplomados a fuerza de consentir y de templar. Y es que, de la definición clásica
de torear, que es parar, templar y mandar, solamente se cumple la primera parte
y, naturalmente, de cada lance bueno, la mayor parte del mérito corresponde al
toro, por lo bien que se ajusta y, por lo mismo que no se le reconoce ese mérito,
en cambio se le carga un peso muy grande de culpa si el lance no sale bien… Por
eso yo creo que cuando un toro no gusta al matador y a sus secuaces, no
pudiendo decir que ha sido manso aseguran que ha tenido nervio; es decir, que
no ha sido suficiente tonto para dejarse engañar…
Conferencia pronunciada por Don Luis Fernández Salcedo en el Club Taurino Madrileño el día 28 de Diciembre se 1946.
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