Debió acabarlas Antonio Carmona Luque (Gordito), matador de
toros sevillano (1838-1920) que en sus años diez años de banderillero
(1853-1863) le gustaba poner banderillas sentado en una silla. Sin embargo,
otros diestros se le anticiparon en siglos, especialmente los navarros, ya
que a los toros de casta navarra, prontos y rápidos, eran muy apropiados para
los más diversos juegos en las plazas. Pero Gordito colocó la
tarde del (18-09-1858), en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, y
“por primera vez aparece esta manera en el toreo” –dicen algunos tratadistas,
lo cual no es cierto-, un par de banderillas en silla. Sin embargo, el
sevillano no lograba realizar su especialidad ante toros de otras castas,
como la castellana, de siempre más inciertos en sus acometidas.
Debemos hacer notar que, semejante y arriesgada novedad, producía un
espectacular lucimiento y le coloca en posición excepcional entre los
banderilleros de su tiempo, pues semejante habilidad se le consideraba sin
competencia. Igualmente, en la brega, por su inteligencia y soltura, era
extraordinario, y poniendo banderillas en todas las formas conocidas
resultaba inimitable. En septiembre de 1858, también en Sevilla, toreó en dos
corridas en competencia con el Cuco, y la ventaja fue toda de Antonio Carmona, que
llegó a dar el quiebro con los pies amarrados. Los elogios que se le
tributaban eran desmesurados.
En la Plaza de Toros de Madrid, el (20-06-1861), se lidiaron seis toros de don Vicente
Martínez, por Cayetano Sanz y los Panaderos, hermanos
–Manuel y José- de Gordito. Éste comenzó sus quiebros en el segundo toro. A
poco de su salida colocó un pañuelo en la arena, púsose encima y, dejando
llegar a la res, la cambió a cuerpo limpio, sin que la cosa despertase gran
entusiasmo. Pero en el quinto toro logró que éste se desbordara,
banderilleándole solo y sentado en una silla. He aquí cómo describe su
faena Carmona Jiménez en el citado Boletín de Loterías y Toros:
«El Gordito, apenas hecha la señal de banderillas, cogió una
silla y se fue al toro. Antes de ponerse en suerte y, por consiguiente, de
sentarse, le acometió, librándose de él por medio de un pase con la misma
silla, que le valió un aplauso. Sentado, en fin, citó al bicho, el que
arrancó por el lado contrario al que le citaba el diestro, y tan rápidamente,
que le obligó a colocarlas banderillas algo bajas par tener que salir del
embroque con mucho brío para no ser cogido. pero que no fue obstáculo a que
sonase un estrepitoso palmoteo, porque casi no es posible
explicar cuándo colocó los palos ni por dónde se marchó el diestro. Tan
instantáneo fue el movimiento de arrancar el toro, meter los brazos y
levantarse de la silla, de donde apenas se separa. Vuelto a sentarse en ella,
dejando colgada la montera al lado derecho de la misma, que es adonde
se inclina para llamar al bicho, y ya más aplomado el toro, fuése acercando
paso a paso, arrastrándose en la silla con notable tranquilidad hasta quedar
a unas tres varas del toro; una vez allí le alegró hasta que arrancó a
él, y haciendo un cambio y dejando colocado en el morrillo un excelente par
de banderillas, se libró del hachazo, que todo le aguantó la silla,
rompiéndose en mil pedazos. Frenéticos y entusiastas aplausos resonaron por
toda la plaza, y eso que no puede aplaudirse en el momento porque es suerte
que aterra.»
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