
TERTULIA EN EL AULA DE TAUROMAQUIA C.E.U.
JUEVES 23 DE ABRIL
D.Fernando Cisneros Manrique.Miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos.
"Bergamín:peregrino de la tauromaquia".
En Julián Romea,nº 22, a las 19.30 horas.









Se dice «quedar como Cagancho en Almagro» como sinónimo de hacer las cosas verdaderamente mal y en público. Es una expresión ya un poco en desuso; pero todavía hay mucha gente que la conoce y la utiliza. Y es una expresión bonita desde el punto de vista histórico porque su precedente es muy concreto.
.En la lidia, el torero se mostró distante y cobarde. A la mínima que el toro le miraba, echaba a correr. Tanto miedo tenía Cagancho que hizo algo increíble, pinchó al toro en el cuello, y después en el brazuelo.En ese momento el teniente Juan Ayuso, jefe del destacamento de la guardia civil que vigilaba el espectáculo, dio orden a sus hombres de que impidiesen que nadie saltase al callejón. Cagancho pinchó nueve veces más y entró a descabellar cinco.
En la suerte de varas, mató a varios caballos. Todo el mundo en la arena se puso nervioso. Cundió el pánico.Cagancho, sacó una muleta descomunal y comenzó a torear con el pico de la tela. No contento con eso, en uno de los pases, mientras el toro estaba a su lado, le largó un espadazo en el vientre, y luego otro. El toro lo miró mal, así que el torero tiró los trastos y repitió la suerte del tercer toro y se protegió en la barrera. Y, una vez dentro, como el toro se le acercase, le pinchaba de nuevo. Sonó el tercer aviso, signo de que el toro es devuelto al corral porque el torero es incapaz de matarlo, sonó mientras Cagancho seguía intentando matar al animal sin salir de la barrera. Lo hacía pinchándole en los costados, en los brazuelos, en cualquier lugar menos allí donde ha de hacerse según marca el arte de Cúchares. Aquellos de los subalternos que se atrevían a saltar a la arena lo hacían con sus espadas debajo de las muletas, se acercaban al toro y le pinchaban también alevosamente, en cualquier parte. Estaba el toro vivo, y el ruedo ya comenzaba a llenarse de espectadores que, sudorosos, cabreados y borrachos, habían saltado a la arena con ninguna buena intención.

