lunes, 3 de agosto de 2009

LA MUJER TORERA



Ya en el último cuarto del siglo XVIII (en plena hegemonía de "Costillares", Pedro Romero y "Pepe-Hillo"), una mujer se atrevió a rivalizar en los cosos con estas tres piedras sillares del toreo moderno. Nacida en Valdemoro (Madrid), Nicolasa Escamilla, "La Pajuelera" (así llamada porque vendía antorchas o pajuelas de azufre), derrochó un valor asombroso por las principales plazas de toros. Una tarde destacó en Zaragoza, donde picó y lidió un toro ante la atenta mirada de Goya, quien la inmortalizó en uno de los aguafuertes que conforman su espléndida Tauromaquia.
En el siglo siguiente, Martina García recogió el relevo de "La Pajuelera", y lo hizo con tal arrojo y afición que, si no mienten las crónicas del XIX, estuvo toreando hasta los 60 años. Nacida en Ciempozuelos (Madrid) en 1814, "La Martina" se había introducido en el mundillo de los toros a través de los espectáculos de toreo cómico que entonces gozaban de gran aceptación, y llegó con el tiempo a cobrar tanto como las figuras cimeras de su época. Dicen que el mismísimo "Curro Cúchares" elogiaba su desmesurada valentía, al tiempo que lamentaba que su desconocimiento del oficio le privara de mayores y más numerosos triunfos. Fue muy comentada su rivalidad con María García, "Gitana Cantarina", a quien derrotó en Madrid en una recordada tarde del 4 de febrero de 1849.
El torero femenino vivió en el siglo XIX un auge que no había experimentado en el XVIII y que no habría de revalidar en el siglo XX. Por desgracia, la mayor parte de las féminas que tomaron los trastos de matar han quedado relegadas a una presencia anecdótica en la historia de la Tauromaquia, ora por la escasísima preparación con que arruinaban su aquilatada afición, ora por el desdén burlón de sus contemporáneos, a quienes se les hacía muy difícil tolerar esta invasión de un coto tradicionalmente reservado al hombre y rigurosamente vedado a la mujer. Una buena prueba de la misoginia reinante se advierte en que muchas toreras que merecieron alguna consideración por parte de los aficionados decimonónicos han pasado a la memoria escrita de la Fiesta, más que por su arte o su valor, por la fama que dejó su belleza; tal es el caso de Jenara Gómez, Juana Castro o Francisca Gisbert.
Otras, víctimas también de la supremacía del varón en el toreo, eligieron sobrenombres que cambiaban el género de los de sus colegas más célebres (así, verbigracia, Juana Calderón, "La Frascuela", y Juana Bermejo, "La Guerrita"), asumiendo con este intento de emulación una posición de inferioridad respecto al modelo elegido.
De forma sucinta, para que al menos quede constancia de su empeño y del relieve que alcanzó el toreo femenino en el siglo XIX, hay que citar también a Manuela Capilla, Antonia Macho, Josefa Ortega, Francisca Coloma, Benita Fernández y la bruselense Eugenia Bartés, "La Belgicana". Hubo también gran cantidad de picadoras, entre las que sobresalió la valenciana Mariana Curo, y no menos banderilleras, como Ángela Magdalena y María Aguirre, "Charrita Mejicana". A finales del siglo XIX destacaron también Dolores Sánchez, "La Fragosa", la primera en torear con taleguilla en lugar de falda, torera cuyo valor rayaba en la temeridad, lo que le causó un sinfín de cogidas; Carmen Lucena, "La Garbancera", que mantuvo una dura competencia con la anterior, y no sólo en los ruedos, pues se vanagloriaba de torear con chaquetilla torera y falda corta; Petra Kobloski, pionera de las cuadrillas femeninas, que se presentó con una de ellas en Tarragona el 5 de octubre de 1884, con tan mala fortuna y escasa preparación que provocó un altercado de orden público, el subsiguiente desalojo de la Plaza por parte de la Guardia Civil y los soldados del regimiento de Almansa, y la conducción del empresario y las novilleras a la cárcel; y las catalanas Ángela Pagés, "Angelita", y Dolores Pretel, "Lolita. "Angelita", a fuerza de inteligencia y coraje, ascendió por méritos propios desde lo más humilde del escalafón: primero fue banderillera, después sobresaliente y, finalmente, espada. Por su parte "Lolita", que también destacó con los rehiletes, practicaba un toreo de corte clásico y refinado, elegancia que no le impedía tirarse a matar con tantos arrestos como los que tuvieran sus más esforzados colegas masculinos. Mujer culta y sensible, amante de la lectura y feliz intérprete al piano, Dolores Pretel, "Lolita", fue el precedente decimonónico de esa gran dama del toreo a caballo que, en el siglo XX, ha sido Conchita Cintrón.
Mª S. Reyes Aguirre Sánchez


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