sábado, 22 de octubre de 2011

Muere el diestro ´Antoñete´


Fallece a los 79 años ‘Antoñete’, historia y religión del toreo.


Antonio Chenel, en una imagen de 1998.

  ‘Antoñete’, historia y religión del toreo, ha fallecido a los 79 años. El diestro ha muerto en el hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, donde llevaba varios días ingresado a consecuencia de su grave enfermedad respiratoria. 

Antonio Chenel ‘Antoñete’, que desde hace años sufría un enfisema pulmonar, ha muerto rodeado de todos sus hijos y de su segunda esposa, Karina. Según la familia, a lo largo de este domingo se instalará una capilla ardiente en la Monumental de las Ventas, donde se crió el torero.
El diestro reapareció en 1981 para dictar desde el magisterio de su cincuentena las cinco temporadas más hermosas de la época moderna: “Soy lo que soy gracias a Madrid, en Madrid y por Madrid”.
Antonio Chenel redescubrió el clasicismo eterno, las distancias, el empaque, a una generación joven que se enganchó, a través de su blanco mechón, a la Fiesta. Chenel, como tiene escrito Díaz-Yanes, cumplió con la máxima del oráculo griego: “La vida consiste en llegar a ser lo que eres, y Antoñete es de los pocos elegidos que ha tenido la suerte de llegar a ser lo que es: TORERO”.
Su leyenda se forja a través de cuatro décadas ciclotímicas: sus huesos de cristal siempre se quebraban cuando la diosa Fortuna venía a llamar a su puerta. Renació después de los años cincuenta, en un mes de 1965 en Madrid, frente a un toro de Félix Cameno, preludio de aquella melodía sinfónica que fue la faena al toro ‘blanco’, ‘Atrevido’ por nombre, de Osborne, en el San Isidro de 1966.
En los corrales de Las Ventas, su casa, aprendió de niño a leer la bravura en los ojos de los toros de la mano de su cuñado Paco Parejo, su brújula; en las noches del Madrid de Chicote leía en otros ojos las madrugadas. En 1975 se fue en silencio a Venezuela por la puerta de atrás para regresar en los 80 por la Puerta Grande, grabar a fuego lento los nombres de ‘Cantinero’, ‘Carazul’, ‘Danzarín’, y su vestido malva y rosa cargado de torería, y sus lágrimas de gloria, y el humo del tabaco pegado a su boca, y los pulmones negros, y el blanco mechón que el destino le dibujó como un lucero.

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