domingo, 13 de noviembre de 2011

Domingo Ortega: torero, intelectual y aristócrata

Domingo Ortega, torero.


Zuloaga, que lo retrató con traje de luces morado y oro, exclamó: “¡Qué cabeza, qué guerra me está dando!”. “A los hombres nos torean desde que nacemos, El toro sale al ruedo puro”.

Talla de montañés, llamó Corrochano a la cabeza campesina, y noble, de Domingo Ortega. Desde que a Marcial Lalanda le dedicaron su pasodoble (“Marcial, tú eres el más grande”), todo torero que se preciase tenía su pasodoble. Otro Domingo, Dominguín, padre y fundador de una dinastía gloriosa, era el mentor de su tocayo, un muchacho ya maduro, nacido y venido de Borox, que conoció Madrid al traer y vender en el mercado de la Cebada, patatas, cebollas y ajos. Se hospedaba en casa de su tía, Luisa Ortega, viuda de un indiano que ahorró alguno pesos en Argentina.
Domingo, parsimonioso también en templar la conversación, me lo explica en la casa de nuestro amigo Miguel Utrillo durante una cena servida como está mandado: manteles de hilo procedente de un hotel de lujo barcelonés, cubiertos de plata, en su mayoría procedentes del Ritz, y servilletas de Lhardy: “Los toreros tienen que atesorar arrogancia para escuchar sus pasodobles y que los pasodobles no los anulen a ellos”.
El pasodoble, tan necesario como la taleguilla para los toreros, se lo regalaron los maestros Oropesa, en colaboración con el maestro Florencio Ledesma:
“Ortega, Domingo Ortega, / La suerte alumbra tu sino / Y tú ganarás las mieles / De rey del arte taurino”.
Después del ensayo general madrileño se escucha en la plaza de Barcelona, el 8 de marzo de l931, la tarde en la que Domingo Ortega oficiaba la alternativa. Ya entonces, la Fiesta tenía sus enemigos y sus incondicionales defensores. Domingo Ortega nos cantiñea cuatro versos de A los toros, de Ricardo de la Vega y música de Federico Chueca y Quinito Valverde:
“Es una fiesta española / Que viene de prole en prole / Y ni el Gobierno la abole / Ni nadie la abolirá”.
Consagramos la ruta de Riscal y, para reposar respiración, nos acomodamos en las sillas de la terraza, ya desierta, del Café Gijón. En el interior de este santuario del arte y la picaresca, se dan cita al mediodía El Estudiante y Domingo Ortega, que ya casi al amanecer de la interminable noche de verano, recuerda supitañamente: “Coño… si esta tarde toreo en Valencia”. Su cuadrilla ya le esperaba en el hotel. Nos invitó a acompañarle en el viaje que realizó en un coche tan útil como utilitario. ¡Dios salve al seiscientos!
Utrillo, Sebastián Miranda y Pérez Ferrero cenábamos en Casa Ciriaco. Como era costumbre, en la cocina funcionaban al unísono los fogones y un viejo receptor de radio. Ciriaco, el propietario, al tiempo que nos acercaba una frasca con valdepeñas, nos dijo: “Domingo Ortega ha sufrido una cornada grave esta tarde en Valencia”.

Desgraciadamente, fue víctima de percances graves. “Los toros tienen que coger al que torea, pero no debe ser lo corriente. Cuando hay cogida es que, generalmente, el torero se ha equivocado. En otras profesiones, si una cosa te sale mal, se rectifica. Nosotros, los toreros, si fallamos, podemos morir en el ruedo o quedar maltrechos para siempre. La cogida viene de un error del hombre y, en algunos casos, de la equivocación del toro que hace extraños. Generalmente el percance es culpa nuestra porque no sabemos, ni nos hemos fijado, cómo es el toro al que nos enfrentamos”.
-A ti te comparan siempre con un domador...
-La doma del toro siempre se dice que es cosa de la sabiduría. A un toro no se le domestica, sino que es preciso mimarlo. Al toro malo hay que tratar de enseñarle a que sea bueno. Hay que pasarlo por delante la muleta, unas veces muy deprisa y otras muy despacio. Para vencer al toro es preciso convencerlo. Es un animal muy inteligente. Si le puede el hombre es porque tiene la inteligencia más despierta. A los hombres nos torean desde que nacemos, el toro sale al ruedo puro. Si después de darle los primeros pases lo retiran y sale otra vez, no hay quien lo toree”.
-El movimiento, Domingo…
-Sí, se demuestra andando. Y una de ellas es que la bravura le nubla la inteligencia. Si no es bravo, parece más inteligente porque intenta defenderse. Cuando está en el ruedo es cuando más demuestra su condición de toro bravo. Y es noble porque, sin nobleza, no hay bravura que valga.
Horas antes me había contado, para enriquecer mi biografía en torno a su figura: “Aunque torear parezca natural ¿qué hay más antinatural que un hombre toreando? Y un día decidí hacerme torero. Mi familia, que era de labradores, sin ser rica, se defendía bien. Yo salía al campo y contemplaba los toros. Eran del duque de Veragua. Salvador García me recomendó a Domingo Dominguín para que me diese una oportunidad en Madrid. Se hizo empresario de la plaza de Tetuán de las Victorias para mi presentación. Alterné con Maera. La crítica me elogió como capotero. Yo acusaba defectos con la muleta. Recuerdo que en mi primer toro me dieron un aviso. En el segundo fui aplaudido, pero dijeron que no tenía mucho que hacer”.
“Sosegadas prisas”, dice el picador Daza (1775) de los trances del toreo. Nos lo recuerda el otro Ortega, grande de la filosofía, más que amigo, hermano íntimo de Domingo Ortega, al que concedió la alternativa de intelectual, fama que ganó a golpe de inteligencia y lecturas. Ortega y Gasset frecuenta a Daza en el epílogo de El arte de torear. Los Ortega no especulan sino que explican “lo que está pasando en el ruedo en peligrosa proximidad con las astas del animal”.
Y allí tiene que situarse el lector para comprender lo que pasa entre toro y torero. Sólo se entiende la cogida. Y todo lo demás es de arcana y sutilísima geometría cinemática. Domingo traslada todo lo que sucede en el ruedo a un coso que, entonces, significa la máxima tribuna de la intelectualidad española. Unamuno, Valle-Inclán y Azaña la presiden. Antonio de Obregón, que sufre en su recuerdo la canallada del injusto olvido, lo testifica en su calidad y cualidad de secretario ateneísta.
Se sitúa a Ortega dentro de la Generación del 27. De sus componentes, Gerardo Diego, que asimila como ningún otro poeta en La suerte y la muerte lo que es el torero y el toreo, rompe filas en versos apasionados para recibir, como testigo, al nuevo ateneísta. Estos versos no están incluidos en el citado libro. Lean, señores y señoras:

“Cátedra del Ateneo, / el maestro fray Domingo / va a hacer un sutil distingo / al definir su toreo. / Cambia la aguja al correo / y si el tren te duda y anda / aguanta, quieto y torero / (El fraile fue cocinero) / y échaselo a la otra banda”.
Se produce el flechazo que ha de unir para siempre a los dos Ortega. Glosa esa amistad, debida al toro, el mismísimo Eugenio D´Ors, que sentencia: “Ortega ha colocado a los toros en la plenitud de la filosofía”.
Y Ortega, el torero que parece filósofo, y el otro Ortega, el pensador que parece torero (por cierto, toreó en varias capeas), asaltan la Residencia de Estudiantes en la que es admirado otro torero, Ignacio Sánchez Mejías, que escribe comedias, que preside el Betis Balompié y que, sustituyendo a Domingo Ortega en la plaza de Talavera de la Reina, se reúne con la muerte. A Ortega lo popularizó su pasodoble. A Ignacio, el llanto de García Lorca.
Domingo Ortega es decidido admirador de Juan Belmonte porque “le hacía a los toros lo que debía hacerles. Incluso transmitía a los aficionados sensación de temeridad que no existía, pero a sus seguidores se lo parecía. A veces, cuando estamos delante de un toro sin peligro, el efecto que se produce entre los aficionados es de miedo. ¡En eso consiste la personalidad de un torero!”.
En la Residencia de Estudiantes, estos toreros se reunían con los de la generación de la amistad: Lorca, Dalí, Salinas, Alberti, Luis Buñuel, Juan Ramón Jiménez, Neruda, Valle-Inclán. Los coordinaba Pepín Bello.
Aquellas tertulias pasadas cuajaron en los Amigos de Julio Camba, reunidos en Casa Ciriaco. Allí gozamos los entonces jóvenes diletantes de la amistad de Belmonte y Domingo Ortega. Mingote, Calleja, Pérez Ferrero, Díaz-Cañabate, Sainz Rodríguez, Ortega (hijo del pensador), Víctor D´Ors, Amestoy Utrillo, Cottet, Palomino, Areces, Ángel Manuel García, Sebastián Miranda hacíamos confesión de admiración y amistad del célebre humorista gallego, Camba, que presumía de no haber tenido amigos nunca.
Domingo Ortega se hace admirar y admira. No solamente los poetas lo enmarcan en endecasílabos y sonetos. También los grandes pintores y escultores lo buscan como modelo, entre ellos Ignacio Zuloaga, que conoce al torero en San Sebastián. El pintor le propone retratarle. En 1945 ordena a su mozo de espadas que lleve un traje de luces, morado y oro, al estudio madrileño del pintor, en Las Vistillas. Ortega se viste de torero día tras día. Zuloaga comenta: “¡Qué cabeza, y qué guerra me está dando! Creo que lo estoy logrando. Quisiera retratarlo cogiéndole a usted ese gesto que pone cuando torea. No se le mueve ni un pelo en toda la tarde. Usted, para, templa y manda. Domina al toro con que lleve un traje de torear”.
Y, además, marqués
Dejando aparte, que no olvidando, a los toreros de a caballo, auténticos aristócratas, hay que señalar a tres hombres de gotha y del Cossio: como rejoneador, al duque de Pinohermoso, y, a pie, fueron marqués y conde consortes, respectivamente, Domingo Ortega y Francisco Rivera Ordóñez. Y estuvo a punto de convertirse en duque de Alba Pepe Luis Vázquez, del que confiesa Cayetana que fue su primer y gran amor. Domingo Ortega matrimonia con Carmen Pla y Ruiz, que hereda su título del marqués de Amboaje, un emigrante gallego de Ferrol. Viven en el palacio que hoy es sede de la embajada italiana. Viaja con ella a América. Allí le presenta a Manolete. Ortega le pide que lo trate de tú. No acepta porque “sé quién es usted en el toreo. Y no le puedo llamar a usted de tú”.
Muere la mujer de Domingo Ortega (28 de abril de 1944). La familia Amboaje exige la mitad de su fortuna al torero. Vuelve a casarse Ortega. Su segunda mujer es María Victoria Fernández y López-Valdemoro. Junto a ella y al matrimonio Ortega y Gasset-Spotorno viaja a Alemania, patria intelectual del autor de La España invertebrada, quien afirmó que sólo podía explicarse la cultura española con la existencia de los toros.
Luis Miguel Dominguín (al que concedió dos veces la alternativa: Colombia y La Coruña) organiza en Vallauris la corrida en honor de Pablo Picasso con motivo de los 80 años de vida del genio. Torean Luis Miguel y Domingo. Ortega hace el viaje desde Madrid en un viejo taxi que también sirvió para llevar de plaza en plaza a las cuadrillas de toreros. En la baca, el esportón y el botijo del que bebe Picasso, que lo recibe alborozado.
7 de junio de 1958. Se retira, seriamente enfermo, a su finca de Navalcaide. Le atiende su amigo el doctor Jiménez Díaz. Fallece en Madrid el domingo 8 de mayo de 1988. Es enterrado en Borox, Su cuñado, Pepe Alameda, escritor taurino que vive en México, versifica:
“Más allá del bien y el mal / y la historia pasajera / debe Dios un pedestal / –en piedra, que es inmortal– / a esta cabeza torera”.

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